LAS CARTAS CENSURADAS DE LOS BRIGADISTAS INTERNACIONALES

marzo 25, 2008

LAS CARTAS CENSURADAS DE LOS BRIGADISTAS INTERNACIONALES

Durante la Guerra Civil, los 30.000 voluntarios extranjeros que combatieron con los republicanos enviaron 600.000 cartas. Las tenían que entregar abiertas para que un nutrido grupo de censores capaz de leer 40 idiomas las revisara.
El servicio nunca funcionó bien y ni siquiera André Marty, el jefe de las Brigadas Internacionales, recibía su correo a tiempo. Un libro rescata esa fascinante historia.

El Mundo/Magazine/Gonzalo Ugidos/23-03-2008

El 23 de junio de 1938, el brigadista suizo Walter Graber, de la ı3 batería de la Defensa Contra Aeronaves, cayó herido en combate. Pasó seis meses en el hospital de Denia y cuando lo repatriaron a su ciudad de Winterthur, nadie lo esperaba. Lo habían dado por muerto porque les devolvían las cartas con dos marcas violeta: «Partido sin dejar dirección» y «Devolver al remitente». Otro tanto les sucedió a otros miles de voluntarios extranjeros por el pésimo funcionamiento del correo.

Quizá por eso los brigadistas escribían lo justo. El estudioso alemán Ernst L. Heller, autor de La historia y el servicio postal de las Brigadas Internacionales calcula que unas 600.000 cartas y tarjetas postales fueron enviadas por estos voluntarios a sus patrias respectivas. La cifra más probable de brigadistas rondaría los 30.000, por lo que cada uno de ellos remitió un promedio de 20 cartas a lo largo de una estancia media de 20 meses: una al mes. Si demasiadas veces las respuestas no encontraban a su destinatario era porque su paradero cambiaba con el traslado de las fuerzas, con las bajas por lesiones o los cambios de unidad. El sistema postal improvisado para los brigadistas fue casi siempre imperfecto y a veces un desastre.

Creadas en ı936, con base en Albacete, las Brigadas Internacionales, agrupaban a voluntarios infatuados de idealismo, intoxicados de estalinismo o ávidos de epopeya procedentes de 54 países. Churchill los llamó «turistas armados». Tenían familias, amantes, amigos inquietos ante su suerte. Había que darles una dirección para recibir noticias, ánimos, consuelo. Pero también había que tomar precauciones para evitar que a través del correo que salía al exterior –y que estaba, por tanto, sometido al control de la policía y al husmeo del espionaje extranjero– el enemigo pudiera conocer la cuantía y ubicación de las propias fuerzas.

Para asegurar que a cada voluntario le llegaran las cartas donde quiera que se encontrase, la autoridad postal española fijó una dirección convencional con variantes de letras y de cifras, que permitía al departamento postal saber a qué unidades debía enviarse la correspondencia. Cada brigadista debía procurar que el correo a él dirigido ostentase la indicación chambre seguida del número que identifica su adscripción. Por ejemplo chambre 1132, sugiere que el destinatario pertenece a la XI Brigada, tercer batallón, segunda compañía.
Babel en Albacete. Albacete era Babel y había que mantener la torre en pie. Los jefes de los batallones –cada una de las siete brigadas que se crearon estaba formada por tres batallones de unos 650 hombres cada uno– designaron un furriel que se encargara de la estafeta. Diariamente, a las ı0 de la mañana, el Estado Mayor informaba al jefe del Servicio Central de Correo sobre el paradero de cada brigada y el despacho postal previsto para las 24 horas siguientes. Al servicio de correos se adosa un servicio de censura integrado por políglotas capaces de comprender, entre todos, no menos de 40 idiomas.

Cada brigadista daba, pues, las cartas que quería enviar abiertas al furriel del batallón, quien la entregaba al servicio de correos del estado mayor de la brigada. Una vez censurada, toda la correspondencia debía ser enviada a las administraciones principales de Valencia o Barcelona para ser franqueada antes de cursarla a su destino. Los franqueos variaban entre los 30 céntimos y las 4,50 pesetas.

La burocracia censora empleaba a más de un centenar de personas bajo la dirección de un coronel, dos tenientes coroneles y otros oficiales. El jefe del servicio era el yugoslavo Drago Gustincic, profesor de la escuela de cuadros militares de la Komintern. A sus órdenes, decenas de censores se encargaban de revisar documentos en un cafarnaún de lenguas y vigilar que no se escribiera sobre secretos militares y se tuvieran en cuenta la observancia de las consignas políticas.

Todas las cartas o telegramas que hablaban de desorganización o baja moral se retenían. Diariamente entraban en el servicio unas ı.000 cartas y tarjetas postales, pero a finales de enero de ı937 se registró un episodio de estrés grafómano y el tráfico postal aumentó hasta ı.600 piezas diarias: los combates habían disminuido en Madrid y los soldados tenían más tiempo para escribir.

El jefe se quejaba de la falta de efectivos: «Me veo obligado», escribió entonces Gustincic, «a hacer sondeos y hacer pasar una buena parte de la correspondencia sin censurar. Es cosa de extrema seriedad, exijo medidas inmediatas».

La paranoia engordó el servicio y, en septiembre de ı937, una parte se trasladó a la Casa del Pueblo de Godella (Valencia), en donde empezaron a trabajar 35 fisgones. En sus informes se da cuenta de la creciente desmoralización de los soldados, que se quejaban de todo. Muchos acusaban a los censores de quedarse con los paquetes de tabaco. Los batallones checos y eslovacos protestaban por la falta de calzado. Los censores, por su parte, lamentaban que «los camaradas repatriados llevan cartas de los que se quedan para sus familiares de allá y así burlan la censura». O «la irresponsable tendencia a contar con detalle todo cuanto ven de España».

Los brigadistas más cínicos eludían los peligros del frente haciéndose burócratas de la seguridad interna, del departamento médico o del correo. Llegado desde Moscú como comandante de la XI Brigada, el general Kléber se lamentaba de que mientras en el frente sólo tenía unos 350 hombres, en la burocracia había 800. A pesar de eso, o acaso por ello, poner orden en el correo era un quebradero de cabeza. Cuando André Marty, jefe de la troika suprema que comandaba las Brigadas Internacionales, inspeccionó la estafeta, en la casilla de la letra M encontró un montón de cartas y periódicos dirigidos a su nombre. Estaban amontonados allí esperando que el desconocido destinatario los recogiera. Las reglas estrictas de censura, la obsesión por cazar elementos subversivos y el miedo al espionaje fueron la excusa para dejar las cosas como estaban. Las normas prohibían utilizar tarjetas postales ilustradas, hacer referencia a los combates, a la fuerza de las unidades y a su armamento o ubicación, el envío de frutas frescas o de botellas con líquido…

Cuando, a principios de ı937, la República decretó el silencio sobre la existencia de las Brigadas Internacionales –para camuflar el paradero de los brigadistas– su correspondencia dejó de expedirse desde Valencia y se centralizó en París, en la Estafeta 83 de la rue Bleue. Un año más tarde, en la primavera de ı938, las tropas nacionales llegaron al Mediterráneo y el pánico cundió en Albacete. André Marty ordenó evacuar la base, destruir la documentación y replegarse a Barcelona. En los primeros días de abril, 8.000 brigadistas, entre ellos cientos de heridos, fueron transportados en camiones y trenes a Cataluña.

Persecución. La historia de los brigadistas –y de su correo– duraría poco menos de un año más. En febrero de ı939, junto con miles de refugiados civiles, los últimos voluntarios extranjeros cruzaron la frontera con Francia por Le Perthus y Port Bou. Para muchos empezó un verdadero calvario que acabó en los campos de concentración; otros fueron acogidos por la URSS y los más afortunados llegaron a EEUU, pero no les duró mucho el alivio porque durante la caza de brujas de McCarthy sufrieron persecución por haber luchado en España.

Algunos de aquellos que mandaron cartas desde Madrid, el Jarama, Guadalajara, Brunete, Belchite, Teruel, Aragón o el Ebro se convirtieron en personajes relevantes como Willy Brandt, que sería canciller de la Alemania Federal, el intelectual holandés Jef Last, el militar húngaro Kleber, el pintor mexicano Alfaro Siqueiros, Josip Broz Tito, presidente de Yugoslavia, y muchos alemanes que ascendieron a la Nomenklatur de la RDA. El 26 de enero de ı996, el Congreso de los Diputados español concedió la nacionalidad a los brigadistas, cumpliendo así la promesa de Juan Negrín cuando abandonaron España con la salobre quemazón de la derrota.

+ «La historia y el servicio postal de las Brigadas Internacionales» (Lindner Filatélica Ibérica), de Ernst L. Heller, ha sido publicado recientemente.

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