GENTE CON MEMORIA

diciembre 6, 2008

Paqui comía ese día en la casa de su madre, Manuela. Tenían la tele encendida. De repente aparece Emilio Silva. Al ver al fundador de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, Paqui se acordó de que tenía que decirle algo a su madre:

“Murieron por la libertad”
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“Ya no soy creyente. No puedo serlo de esta Iglesia- institución”

“El crimen franquista persiste. Alguien debería sentarse en el banquillo”
-Este verano nos vamos Gracia y yo a desenterrar muertos del franquismo.

Manuela respondió:

-¿Por qué no buscáis tu hermana y tú el cadáver de mi abuelo?

Paqui se quedó de piedra. ¿Qué abuelo, qué cadáver? Manuela explicó a su hija lo que hasta entonces había sido cuidadosamente silenciado: su abuelo, Juan Rodríguez Tirado, fue fusilado en su pueblo, Carmona, pocos meses después del inicio de la Guerra Civil. No fue el único familiar represaliado. A uno de sus hijos, Pascual, le aplicaron la ley de fugas y le metieron siete tiros por la espalda en La Carolina. Otros dos hijos, Enrique y Juan, fueron encarcelados tras la guerra. La casa familiar de Carmona les fue incautada.

Juan, único superviviente con 87 años, y Manuela han actuado como “donantes de memoria”. Gracias a ellos, Paqui ha reconstruido la trágica historia familiar. Una familia curiosa. Muy humilde y muy peleona.

Natural de Carmona, los Maqueda emigraron del campo a la ciudad acuciados por la necesidad. Era 1970. Paqui tenía seis años. El padre faenaba en el campo. Le salió un trabajo en Tussam, la empresa de transporte público sevillana. Les concedieron una vivienda protegida en el Polígono Sur, donde surgían barriadas para acoger a los desahuciados de las chabolas que salpicaban el centro de la capital. Paqui, sus padres y tres hermanos -luego llegaría el quinto hijo- recalaron en Las Letanías, al lado de Las Tres Mil Viviendas.

-Fue un choque muy grande. Dejábamos atrás la casa con patio de Carmona, las paredes blancas, las puertas abiertas, la familia, los vecinos.

A los seis años, Paqui se encuentra perdida en un barrio de aluvión del extrarradio de Sevilla. Sin colegios, sin servicios. El único foco de luz era la parroquia de San Pío X. Los curas que la dirigen entroncan con la Iglesia de los Pobres. Los chavales se suman a las Juventudes Obreras Católicas (JOC).

-Aquel movimiento fue la semilla que hizo crecer en mí la conciencia social de lucha. Nos dio las herramientas para concienciarnos sobre la realidad del barrio.

Unas herramientas que le iban a servir para construir su futuro: trabajadora social. Hacinados en un piso de 70 metros, los cinco hijos de la familia Maqueda lograron terminar estudios universitarios. Con becas y “limpiando casas”, recuerda Paqui. A los 22 años, tenía el diploma en la mano. Otros colegas del barrio no tuvieron la misma suerte, recuerda con tristeza: algunos murieron por la droga o el sida.

Paqui no huyó del barrio. Se casó con un joven maestro y se instalaron en un piso de Las Tres Mil Viviendas que les costó 4.800 euros. Los dos trabajaban en la barriada. Un año después, el Ayuntamiento buscaba trabajadores sociales y Paqui fue contratada.

Curiosamente, es en el centro de trabajo donde observa una mayor diferencia con sus compañeros, algo que no había sentido en la universidad. “La gente priorizaba otras cosas: ahorrar para casarse, comprar una buena casa, un buen coche, pedir un aumento de sueldo. A mí todo aquello me venía muy grande”.

Le parecía grande hasta el sueldo: pasó de ganar 60.000 pesetas en Las Tres Mil a 150.000 en el Ayuntamiento (de 360 a 900 euros). El primer destino como trabajadora social es el asentamiento chabolista de San Diego. Tiene 23 años, mide 1,54 metros y pesa 44 kilos. En su cara de niña destacan como dos aguamarinas sus intensos ojos azules, herencia de la familia. Le han dado una carpeta con un listado de las chabolas y una orden: actualiza el censo. ¿Sintió miedo?

-No, miedo no. ¡Yo venía de Las Tres Mil! Era temor a lo desconocido. No sabía qué me iba a encontrar.

Se encontró 30 familias. Unas 200 personas. Casi todas del tronco de los Fernández. “Gente muy fiel a su cultura, muy trabajadora, que se levantaba al alba y se iba a vender ropa y fruta por los mercadillos”. La recibieron bien. Ella se volcó: escolarizó a los niños, los vacunó, arregló la cartilla médica de los mayores, las pensiones no contributivas de los ancianos. Total: siete años en tres asentamientos distintos, San Diego, El Vacie y Los Perdigones. Tres joyas de la marginación y el desamparo.

Ella pudo haber elegido otros destinos, pues sacó el número 1 en las oposiciones convocadas por el Ayuntamiento. Pero se había enamorado de su trabajo. Hoy, cuando la reconocen en algún mercadillo: “Me agarran y me tiran por los aires. Son muy cariñosos”. La invitan a sus bodas, a sus bautizos.

De los barrios chabolistas pasó a ocuparse de las prostitutas de la Alameda. Otro submundo de marginación en el que trabajó durante cuatro años. “Un ambiente difícil, de viejas prostitutas y jóvenes drogadictas, que tienen muy difícil salida. Porque lo único que les queda es fregar suelos”.

De la Alameda, a una Unidad de Trabajos Sociales en Los Bermejales, otra barriada que se quitó de encima a los chabolistas a golpe de talón. Allí se enfrenta al drama de los mayores dependientes y de los familiares que los cuidan.

En este duro recorrido por la vida, ha perdido la fe. “Ya no soy creyente. No puedo serlo de esta Iglesia-institución”. Se mueve por una razón más profunda que la propia religión. Una causa que le empuja a no malgastar sus vacaciones. Las utiliza para viajar a países centroamericanos. Lleva libros y juguetes a niños que están aún más desvalidos que los que pueblan las barriadas marginales sevillanas.

Y por si fuera poco, se buscó otra nueva ocupación: desenterrar cadáveres arrojados a fosas y cunetas por los asesinos franquistas. En Lerma, en Zalamea la Real, en Puebla de Cazalla.

A la caída de la tarde, tiene un rato de relax viendo jugar al fútbol a su hijo Julio, de nueve años. Aunque cuando llega a casa no enciende la tele-tonta. Toma un libro en sus manos y lee. Por ejemplo, La Guerra Civil española, de Antony Beevor.

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