EL RELOJ DE JOSÉ MARÍA LEÓN

diciembre 26, 2012

EL RELOJ (I parte)

Autor: Rafael Espino Navarro

El reloj de bolsillo del alcalde José María León

En la oscuridad de un cajón, junto a otros objetos personales de mi primer poseedor el alcalde José María León Jiménez, me encuentro desde hace ya mucho tiempo. El destello de un flash me ha sacado de mi largo y prolongado letargo. Ya casi ni me acuerdo de cuando deje de funcionar por última vez. No marco las horas como antaño hice. Quede parado un día en las dos menos tres minutos. Pero a pesar de ese pequeño pormenor conservo intacta mi maquinaría y mi memoria. Mi estado de animo en los últimos años ha mejorado bastante. Es por eso que hoy me he decidido a hablar. A contar lo que se, lo que vi. Ya se que no es muy normal que un reloj de bolsillo, de oro, con casi noventa años a mi espalda, comience a hablar de repente. Pero creo que ha llegado el tiempo de no callar más, no guardare nunca más silencio. Para mí también comienzan a pesar los años y se que no será mucho el tiempo que me queda de estar por aquí. Aunque parezca extraño los relojes también morimos. No podre marcar las horas, pero con lo que hoy cuente, marcaré un antes y un después en la historia … en mi historia.

Recuerdo vagamente los días de mi fabricación. Lejos, muy lejos de aquí en una meseta de Suiza, en una pequeña población llamada Villeret, con mimo y delicadeza un viejo artesano relojero montaba mis pequeñas piezas, trenes de rodaje, espirales, engranajes y ejes elaborados durante largos días en las talleres. Era el invierno de 1930 y el frío del norte atenazaba las manos que comenzaban a dar forma a un precioso reloj de bolsillo. Un magnifico ejemplar de oro, que sería otra mas de las joyas que por aquel entonces la marca de relojes suizos Quillet fabricaba en sus talleres para luego enviar a toda Europa.

Un largo viaje de miles de kilómetros me trajo a otras tierras muchos más cálidas. Mi llegada a la ciudad de Barcelona en España, acompañado de otros relojes de bolsillo y de pulsera fabricados también por Quillet, se hizo en las mejores condiciones. Una antigua relojería Establecimientos Quillet S.A. en la calle Mallorca, número 237 bis, en el centro de la ciudad de la Barcelona vieja, nos acogió a todos y he de confesar que verme expuesto inmediatamente en un lujoso escaparate a la vista de todo el mundo, sobrecogió mis mecanismos más íntimos. Era aún muy joven y no estaba preparado para aquello.

Los días pasaban y el brillo pulido de mi metal precioso unido a un incesante y preciso tic … tac. hacía que al pasar por delante del escaparate en el que estaba expuesto todos quedasen prendados de mi joven y radiante belleza.

Un día a finales de 1931, el dependiente de la vieja relojería, recibió por correo postal una carta con el matasellos de Aguilar de la Frontera (Córdoba). Al abrirla, de su interior extrajo un pequeño boletín de compras publicado en uno de los muchos anuncios publicitarios que la relojería insertaba en la prensa de todo el país. Este erá de la revista “Blanco y Negro”.

El boletín de compra era remitido por la Agrupación Local del Partido Socialista Obrero Español de Aguilar de la Frontera en Córdoba, su sello figuraba al lado de la persona que solicitaba la compra de un reloj de bolsillo de oro marca “Quillet” en concreto un modelo como el mío. Un “cronometro moderno Quillet” de calibre 9CH cronógrafo monopulsante extraplano con tapa. El boletín especificaba que el comprador deseaba realizar la compra al contado del reloj por un total de 153 pesetas con un 10 % de descuento y descartaba la compra a plazos de 9 pesetas la mensualidad durante 20 meses. La firma del documento siempre fue ilegible para mi, pero entre sus garabatos, recuerdo que se podía distinguir la palabra “Cabello”.

Sello de la Agrupación Socialista de Aguilar de la Frontera

Apenas tuve tiempo de despedirme de los demás relojes, pues el relojero presto me retiró del escaparate , seguidamente me envolvió e introdujo en un estuche de piel.

Algunos días más tarde, un pequeño paquete, envuelto en papel de estraza y precintado por un cordel de pita que lo amarraba de norte a sur y de este a oeste ( en cuyo interior me encontraba yo) llegaba a la Administración de Correos de Aguilar de la Frontera, en forma de valor declarado.

Dos días mas tarde a la administración de correos llegaban dos hombres, altos los dos, fuertes, uno de ellos cojeaba de una pierna y el otro portaba un gran bigote. Ambos se llamaban Antonio, lo recuerdo muy bien pues el empleado de correos, se dirigió a ellos por el nombre de pila. Tras hablar con el funcionario, este se levanto de inmediato y les entregó el paquete. Era el día 15 de diciembre de 1931.

Los dos hombres llegaron, abrigados. Hacía un frío infernal en estas tierras del sur. El invierno se acercaba, apenas quedaba una semana para su estreno oficial. Uno de los hombres , el que cojeaba de una pierna, guardo meticulosamente el paquete en un bolsillo de su chaqueta.

Tras un largo deambular por algunas de las calle del pueblo, ente saludos y alguna paradas para hablar con algunos otros hombres en plena calle, llegaron a una casa. Sobre el portal de entrada, dando directamente a la calle, colgaba un letrero de madera, escrito a mano con pintura negra, bien rotulado, donde podía leerse “Casa del Pueblo”.

Mas saludos,… entre la gente que había en su interior. Dejaron tras de sí un pequeño bar , repleto de gentes que jugaban a las cartas y al domino y reían y bebian ente el espeso humo de los cigarrillos que fumaban. Un pequeño pasillo y unas escaleras llevaron a los dos hombres a la primera planta del edificio. Ambos hombres, se dirigieron a una estancia privada, una especie de oficina en cuyo interior los carteles de PSOE y UGT, denotaban que aquella estancia era la utilizada para esta organización, dentro de la Casa del Pueblo.

El que cojeaba tomó asiento tras una gran mesa que hacia las veces de escritorio, el otro, el del bigote, se sentó frente a él. Tras sacar el paquete del bolsillo, ambos procedieron rápidamente a desenvolverlo para comprobar su contenido. Mirándose complacientemente, los dos se estrecharon la mano. Después de dar su visto bueno, fui de nuevo introducido en mi estuche y guardado en un cajón de la mesa escritorio. La oscuridad lo envolvió todo. Una vuelta de llave en la cerradura del cajón, aseguraba mi protección.

No recuerdo, (me lo van a perdonar ), exactamente los días que transcurrieron hasta que la cerradura volvió a girar y de nuevo pude ver la tenue luz que envolvía la estancia de aquella oficina. Fue por la mañana. Eso si lo recuerdo bien, la luz del sol , apagada a la vez que radiante, entraba por una de las ventanas que daban al patio interior de la casa. Una gran ventana con un gran balcón interior. Muy cuidada.

El mismo hombre que me introdujo en el cajón algunos días antes, me saco de él. A estas alturas, puedo asegurar que ese hombre se llamaba Cabello, Antonio Cabello. Creo que era el mismo hombre que firmo la solicitud de mi compra.

En la casa, enorme por cierto, (ahora pude apreciar detalles que el día de mi llegada se me escaparon) existia ese día una gran agitación. Los hombres iban e venían, de aquí para allá. El bar permanecía abierto y tras la barra del mismo se encontraba el otro hombre. El del bigote, creo que este se llamaba Antonio García y era el camarero del bar de la Casa del Pueblo, entre otras cosas y cargos en el partido.

Bastaron solo unos escasos minutos, apenas media hora para que la casa de colapsara. Nunca en mi corta vida, había visto tanta gente junta. En el patio interior de la casa, las sillas se agrupaban de forma ordenada y la gente comenzaba a tomar asiento en ellas.

Al pasar al interior del patio una octavilla en el suelo, llamó mi atención. Estaba impresa en tinta negra, sobre un papel blanquecino. La octavilla propagandístíca convocaba a un gran mitín socialista en la Casa del Pueblo. La fecha era el día 28 de diciembre de 1931. Organizaba la Agrupación Local del Partido Socialista Obrero de Aguilar de la Frontera. La hora era a las tres de la tarde. Apenas quedaban unos minutos para que mis doradas y largas manillas alcanzarán era hora.

El bar se cerro, no había nadie en su interior. Todos estaban yo en el patio. Nosotros volvimos a salir y subimos de nuevo las escaleras. Desde el balcón de la gran ventana, mi portador, Antonio Cabello se dirigió con palabras enérgicas y bien elegidas a los cientos de personas que se encontraban en la planta baja de la casa. Algunos de ellos sentados, la mayoría de pie.

Acto socialista en la Casa del Pueblo de Aguilar de la Frontera (Córdoba) 28 de diciembre de 1931

Jamás, por mil años que viva olvidare nunca sus caras. La emoción embargaba el ambiente. Casi todos los hombres vestían sus mejores ropas. Chaqueta, corbata , sombrero y botas pulidas. Jornaleros ataviados con sus ropas de fiesta. Tres mujeres se encontraban también presentes. Lo recuerdo muy bien, sí eran tres y una de ellas se dirigió al publico presente, después de que lo hicieran Gabriel Morón, Justo Deza, y Martín Sanz.

Antonio Cabello, estuvo pletórico, la gente apenas le dejó ni hablar. Los vítores y aplausos se sucedían nada más tomar él la palabra. Cuando término anunció un acto emotivo, un homenaje que la Agrupación Socialista de Aguilar de la Frontera, quería rendir al presidente de la Agrupación y primer alcalde socialista de la localidad, desde hacía solo apenas unos meses. Recabó la presencia en la tribuna improvisada entre aplausos ensordecedores y vivas al partido de José María León Jiménez, que se encontraba entre el publico asistente. Estaba casi al final, de pie, casi de puntillas observando atónito todo lo que sucedía, que le cogió de improvisto.

José María León Jiménez alcalde de Aguilar de la Frontera

Haciéndole un improvisado pasillo, a duras penas José María logro acercarse, pues la gente no paraba de felicitarlo, estrecharle la mano y abrazarse a él.

Aún hoy, lo recuerdo y la emoción me embarga. Dirigió unas palabras al numeroso publico asistente. Al finalizar, los dos hombres que me recogieron en la estafeta de correos, embargados ambos de orgullo, entregaron el estuche de piel conmigo dentro al alcalde, que apenas podía contener las lágrimas.

José María León Jiménez, sería mi dueño. Mi portador desde ese mismo momento. El alcalde de Aguilar. El no podía contener la emoción y en mi no cabía mayor gozo y orgullo.

Entre gritos y aplausos, me mostró al publico presente, que no paraba de vitorearle y pronunciar su nombre. Luego comprobó la hora exacta. Eran las cuatro y cuarenta minutos de la tarde. Engancho la cadena en la chaquetilla de su traje negro y me introdujo en su bolsillo derecho. Gesto que a partir de ahora realizaría orgullosamente cada vez que consultaba la hora de su reloj de bolsillo. Un reloj que comenzaría marcando las horas restantes de su vida y que se convertiría tiempo después sin saberlo aún ninguno de los dos en una parte importante de su vida y su obra.

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