Córdoba busca a los últimos guerrilleros de Sierra Morena

agosto 25, 2013

Córdoba busca a los últimos guerrilleros de Sierra Morena
Manuel J. Albert Córdoba 24 AGO 2013

Todos le conocían como El Aparato. El campesino Bernabé Sánchez Torralbo solía recorrer Adamuz (Córdoba) con un artilugio montado en una carretilla, vendiendo y rifando chucherías. “Así se quedó con el apodo”, recuerda su nieto, Juan Sánchez. El Aparato era también enlace de la guerrilla que se movía por Sierra Morena combatiendo al franquismo en los años cuarenta. Hasta que el 20 de septiembre, al buhonero se le aplicó la ley de fugas junto al arroyo Valdelaguerra, en Adamuz. Tiroteado hasta morir, su familia está convencida de que fue enterrado en una fosa anónima del cementerio municipal, junto con más de 40 represaliados entre combatientes, colaboradores y víctimas ajenas a la lucha armada. Su tesón por encontrarlo, como hacen otras familias de guerrilleros, enlaces y vecinos, revivió hace unas semanas cuando se practicaron las primeras catas en el camposanto para buscar a las víctimas.
En los cuarenta, Adamuz vivía asolado por la miseria de la posguerra que dejó la contienda civil. La guerra fue atroz en la provincia de Córdoba, pero la década que siguió al final de los combates no lo fue menos. Las partidas de maquis estuvieron activas en los cerros de la provincia durante 10 largos años. Dos lustros en los que se prolongaron las ejecuciones sumarias y los fusilamientos, junto a la cárcel y la tortura de los familiares, a los que apremiaban con sadismo para delatar el paradero de los guerrilleros.
Las últimas columnas de combatientes republicanos resistieron en esos parajes agrestes, diezmadas por la represión y el agotamiento. La más famosa de ellas fue la partida de Romera, liderada por el socialista Claudio Romera Bernal, asesinado el 11 septiembre de 1949. Los Romera tuvieron bastante contacto con otra partida muy activa en Adamuz, la de los Jubiles. Todos ellos desaparecieron a finales de los cuarenta, y con ellos terminó la actividad guerrillera en Sierra Morena. Pero su memoria sigue viva, en buena medida, por la labor que durante años han realizado sus nietos.

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Francisco Cebrián Fernández, fusilado en Adamuz.

Una de las descendientes es Guadalupe Martín Gómez, nieta de Antonio Gómez Soto, acusado de ser enlace de la guerrilla, aunque la familia lo niega, y asesinado el 3 de septiembre de 1947 en el arroyo Tamujoso de Adamuz. La otra mujer que ha liderado la búsqueda es Araceli Pena Sanz, nieta de Alfonso Sanz Martín, combatiente granadino muerto en una emboscada en la sierra de Adamuz el 24 de agosto de 1947. Guadalupe y Araceli han recorrido archivos, registros, buceado en libros de historia y hablado con ancianos que todavía recordaban hechos, nombres y lugares para reconstruir la suerte que corrieron aquellos grupos de guerrilleros y quienes les ayudaron.
Y no es nada fácil, 74 años después del final de la Guerra Civil, la ley del silencio que reinó las cuatro décadas de Franco sigue pesando. Juan Sánchez siempre supo que a su abuelo lo habían matado, pero poco más. “En mi familia no se hablaba. Mi padre nunca dijo nada. Él era muy pequeño cuando pasó, pero tampoco preguntaba”, comenta en el cementerio, junto a la zona en la que se sospecha que está su abuelo enterrado con otras decenas de resistentes. Su tía Rafaela Sánchez Torres, otra de las hijas de Bernabé, le acompaña. A sus 84 años, recuerda aquel periodo terrible. Rafaela terminó emigrando a Cataluña con su familia, en parte por razones económicas, en parte por dejar atrás el recuerdo.
A diferencia de otros enterramientos múltiples de la guerra y la represión posterior, en el cementerio de Adamuz no se excavó una gran fosa común donde arrojar los cadáveres. Como el ritmo de la cacería a la que la Guardia Civil y el Ejército sometieron a los guerrilleros fue implacable pero lento, se optó por fosas individuales que se iban abriendo a medida que los iban asesinando. Pero todo con un orden y una pauta que se repetía: en filas de a dos y con un tercera persona en medio, a lo largo de todo el muro del fondo del camposanto. Este rasgo sistemático lleva a pensar a Guadalupe “que puede existir algún registro o archivo de la Guardia Civil que recoja cuántas personas hay enterradas, quiénes eran y dónde están”. Porque la nieta de Antonio Gómez Soto sospecha que bajo la tierra puede haber muchos más restos.
También hubo gente que fue enterrada allí pero cuyos cadáveres se pudieron recuperar. Es el caso de Francisco Cebrián, otro enlace de los guerrilleros que fue asesinado por la Guardia Civil en Arroyo Perojil, en Adamuz, en 1949. La familia de este comunista, que había logrado sobrevivir a la guerra y a la represión, pero que terminó pasado por las armas, pudo colarse una noche en el cementerio y desenterrar su cadáver. Su nieta Dolores cuenta que la familia averiguó dónde se encontraba la fosa. “Apenas si estaba excavada, era bastante superficial. Solo apartando un poco de tierra ya asomó. Comprobaron que era él por lo calcetines rojos que llevaba, los zapatos y por la dentadura. Tenía los dientes igual que un hijo suyo”, explica bajo uno de los cipreses del cementerio.

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Antonio Gómez, fusilado en Adamuz.

La cata arqueológica que los familiares efectuaron los pasados 10 y 11 de agosto removió la historia más negra de Adamuz. Bajo el cemento de uno de los caminos que surca el cementerio asomó medio cuerpo, constatando la presencia de enterramientos anónimos. Parece que se resuelve así uno de los principales enigmas que asustaba a las familias: si seguían allí los restos de los asesinados o habían desaparecido del todo, durante unas obras de canalización acometidas en los años ochenta sobre las fosas, tal y como afirmó uno de los sepultureros. Basándose en las excavaciones preliminares, los familiares están convencidos de que los represaliados siguen allí enterrados.
Pero la búsqueda, cuando se lleve a cabo de forma completa, va a ser muy complicada. Como ha ocurrido en toda España, el tiempo ha ido modelando el paisaje de las fosas originales. En el caso del pueblo cordobés, además de la instalación de tuberías, se construyeron hileras de nichos en los muros del cementerio y se levantaron nuevas estructuras. Todo ello ha hecho variar las localizaciones que tenían establecidas en un escueto croquis, dibujado por el sepulturero en los 40 y que, en el caso del abuelo de Guadalupe, señalaba exactamente la zona en la que se encontraba. “Nos hemos dado cuenta de que los metros y distancias que indica el dibujo han podido variar porque se construyeron los nichos en los muros laterales con una profundidad de unos ocho metros”, apunta la nieta del fusilado.
El primer trabajo sobre el terreno no se podría haber hecho sin la colaboración de Aremehisa, la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Aguilar de la Frontera. Este grupo, con amplia experiencia en la excavación de fosas en la provincia de Córdoba, recibió el apoyo de voluntarios de media España para realizar la cata. Rafael Espino, su portavoz, espera que la campaña se reanude con la participación de un georradar que ayude a determinar la ubicación exacta de las víctimas. Así, 64 años después de que asesinasen a los últimos resistentes de la guerrilla, sigue la lucha por su memoria.

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